Para una amiga madre.
¡Qué raras son las gentes felices! Hoy en día nadie está contento. Todo el mundo se siente corroído por algo. En la carrera general en pos del oro y del éxito, las gentes se envidian despiadadamente unas a otras y se consumen en la sed de lo imposible. Amiga, la pareja que forma usted con su marido es una feliz excepción a la regla. Ustedes saben unir lo útil a lo agradable y disfrutar de la vida sin hacer del placer una pasión malsana y del deber un sufrimiento. Ambos aman la naturaleza y el arte. Huyen de la atmósfera envenenada de los cafés y los bares, último refugio de los que tratan llenar el vacío de su existencia. Ustedes no “matan el tiempo”, engranan los minutos armoniosamente porque encuentran que la vida es bella, rica en muchas cosas magníficas y digna de ser vivida. Y naturalmente usted quiere hacer de su hijo un ser feliz, y enamorado de la vida, que sepa lo que es la alegría y la dulzura de vivir y que no se plantee jamás el fatal interrogante: ¿Para que vivir? Su deseo de salir triunfante es ya una garantía enorme para su hijo. Usted quisiera vivir para él y no hacerle vivir a él para usted. Esto no es tan frecuente como puede creer y es ya algo muy bueno. Creo ver enarcarse sus cejas en un movimiento de sorpresa. Me explicaré. ¡Sostengo que las gentes desdichadas no tienen derecho a tener hijos! Y, sin embargo, ¿qué es lo que más vemos en el mundo? Precisamente son las mujeres desgraciadas las buscan la maternidad para dar un sentido a su vida . El hijo tendrá por misión llenar el vacío de su existencia. Esas mujeres desean tener un objeto de amor o de juego, lo cual es perjudicial para el niño, e incluso puede serle fatal. En ningún caso deber servir el hijo para llenar una laguna en la existencia de gentes desocupadas y desdichadas a causa de su inutilidad. Los seres decepcionados, fracasados, ven en sus hijos la revancha de sus esperanzas rotas. Dicen: ¡lo que yo no he conseguido, lo conseguirá mi hijo! Ponen en el niño sus ambiciones heridas, quieren sacar de él un máximo de rendimiento. ¡No ponga, pues, a su hijo al servicio de sus ambiciones! ¡No le atribuya la misión de llenar todas sus esperanzas! ¡No alimente el sueño insensato de haber dado la vida a un ser prodigio, excepcional, genio! El niño será lo que haya de ser. Y ante todo será un ser humano con todos los defectos y todas las cualidades propias de nuestra naturaleza. Le corresponderá a usted hacer lo posible para que prevalezcan las cualidades de su hijo. Su esfuerzo en este sentido comienza desde hoy, amiga, sépalo bien.
